
People waited up to four hours to visit ex-President Alfonsín as he lay in state (La Nación)
Today at 2 p.m., Argentina will say its last goodbye to Raúl Alfonsín, the country's first democratically elected President after the 1976-1983 military junta that killed between 11,000 and 30,000 citizens in its attempted right-wing "re-organization" of the country. At that hour, his remains will be buried in the Monumento a los Caídos en la Revolución de 1890 in the Recoleta Cemetery. It is at moments like this that I am reminded that I am not Argentine. When I heard about his death, my first thoughts were that it was very sad, that he had been an honest man who'd done hero's work returning democracy to Argentina (which has remained democratic--more or less, depending on whom you ask--since that date), and who'd not profited from his time in power as is so commonly done here. Here is an
NYT obit for those who don't know his story, as well as an
homage from
La Nación columnist Joaquín Morales Solá for those who do.
As I watched thousands of Argentines line up for hours to pay their last respects, many carrying candles and many crying, I realized that he meant much more than my textbook understanding. He was all those things, yes, but he also signified the end of an era of unspeakable awfulness and the beginning of one of hope, even if it didn't always work out well (with hyperinflation, the amnesties and so on, the Alfonsín era was not perfect). It made my realize that for all one
understands, or even
knows a country and culture--and that's something one does do, after a certain number of years, and friends, and such--it is quite different to
feel it viscerally. To that end, I'd like to pass on an email a friend of ours sent meditating on Alfonsín's death and what it meant for him and for his son:
Ayer mi hijo vino con la noticia de que al día siguiente (por hoy) iría a izar la bandera por primera vez. Se me complicó esta mañana cuando intenté explicarle que justo le habia tocado un día muy especial. Especial para los argentinos, y tal vez con una tonalidad muy especial para nosotros, aquellos que fuimos niños durante la dictadura y desembocamos en plena adolescencia con el inicio de la primavera democrática del 83.
El retorno de la democracia, para aquellos que nacimos entre el 65 y el 68, con su huracán revitalizador de la vida social, cultural y política, coincidió con el núcleo duro de nuestra adolescencia. Justo cuando el mundo de la literatura, el cine adulto, los recitales, el teatro, las salidas a bailar, a charlar, la militancia incipiente, las primeras tomas de posición en cuestiones políticas y éticas, la iniciación sexual y amorosa eran un motor casi exclusivo en nuestras vidas.
En medio de todo esto, Raúl Alfonsín apareció como una de las figuras políticas preponderantes en el año 83 cuando se fue la dictadura.
Y hoy, sin necesidad de ir al cine (pero estimulado por la música fúnebre y el tono sentido de los noticieros de la mañana) lloré durante el desayuno mientras lo preparaba a mi hijo para ir al colegio, en este su día de primera vez ir a izar la bandera.
Y también lloré cuando luego de izada la bandera y vuelta a bajar a media asta, la directora improvisó unas palabras en memoria del doctor. Y acá no había música de fondo, ni audios retro para estimular lacrimosidades, más bien todo lo contrario, un patio enorme en una mañana fresca, lleno de chicos con cara de recién despiertos que no comprendían de que les hablaba la directora.
Me peleo con esta idea de que son todos buenos cuando mueren y no me gusta el culto a la personalidad. Así, podría pasarme un buen rato contando en qué no estuve de acuerdo con Alfonsín. Algunos de estos desacuerdos son para mí demasiado esenciales para pasarlos por alto aún en un momento como este. Sin embargo a pesar del profundo rechazo por las leyes de obediencia debida y punto final, no puedo dejar de ver la inmensidad de lo que significó el Juicio a las Juntas. Y de que más allá de haber sufrido en carne propia las desavenencias del plan Austral y las distintas hiperinflaciones, ciertos ataques macartistas, el pacto de Olivos y muchas otras cosas con las que no concordé en su momento, rescato al político honesto, que se entregó a lo suyo por sus convicciones e ideales y no simplemente para acaparar poder, influencias o dinero. Al estadista, que de una forma u otra intentó hablarle a todos los argentinos, que hablaba de paz y de concordia pero también de justicia y memoria, de riqueza, trabajo y educación para todos.
Habrá en estos días ceremonias oficiales, tres días de duelo y toda una serie de actos de protocolo que se repetirán con todos y cada uno de los presidentes constitucionales cada vez que mueran. Sin embargo estoy muy persuadido que no será lo mismo cuando le llegue la hora a quienes fueron sus sucesores en el cargo de primer mandatario.
Escribo todo esto y sigo llorando... Intuyo que hace ya muchos años que murió aquella primavera de iniciáticas militancias, nuevas lecturas y amistades, primeros amores y aventuras adolescentes en el mundo adulto. Pero siempre hay signos, carteles, que simbólicamente nos recuerdan aquello que ya fue, y que nunca más volverá a ser igual en nuestras vidas.
Por todo esto y por lo que significó para los argentinos, Dr. Raúl Alfonsín, que en paz descanse.